Lucía lloraba desconsolada mientras yacía sentada sobre el segundo escalón de los tres que precedían a la puerta con luces de neón del Minies. Sus rodillas afiladas y magulladas asomaban sobre la cabeza; dobladas, blancas y amoratadas ocultaban el gesto torcido mientras aspiraba ahora una calada más del último pitillo que asolaba el bolsillo de su minifalda vaquera. Tosió repetidas veces antes de escupir la cebada de su último cliente. Era el tercer cigarrillo desde que se sentó allí, bloqueada por el esperpento de hacía unos momentos. «Esta mierda me va a matar… », lamentó. Aunque pronto todo dejó de tener importancia al advertir que probablemente perdería la vida mucho antes de que un cáncer de pulmón se la llevara por delante. Quizás aquella misma noche.
Un escalofrío sofocante le recorrió el cuerpo cuando volvió a mirar con horror su mano derecha, en la que un corte limpio y profundo desvelaba parte del hueso; a través de los tendones descolgados se deslizaban gotas de sangre atropelladas que ya habían empapado el filtro del cigarro. Tuvo que apartar la vista para no vomitar los macarrones que había comido con desgana antes de empezar el turno de aquella tarde. Los mechones ondulados de su pelo rojizo alborotado que descansaban en el suelo se removieron tras la salida de dos clientes trajeados y que apenas repararon en las salpicaduras, ya coaguladas, que poblaban su torso perfecto, desnudo y tembloroso.
Desnudos también permanecían sus ojos color miel ante la impotencia de lo que acababa de hacer, esperando a que en cualquier momento Dolores o alguna de las chicas, descubrieran el cuerpo de Gael totalmente desangrado sobre la tarima de la habitación.
Un escalofrío sofocante le recorrió el cuerpo cuando volvió a mirar con horror su mano derecha, en la que un corte limpio y profundo desvelaba parte del hueso; a través de los tendones descolgados se deslizaban gotas de sangre atropelladas que ya habían empapado el filtro del cigarro. Tuvo que apartar la vista para no vomitar los macarrones que había comido con desgana antes de empezar el turno de aquella tarde. Los mechones ondulados de su pelo rojizo alborotado que descansaban en el suelo se removieron tras la salida de dos clientes trajeados y que apenas repararon en las salpicaduras, ya coaguladas, que poblaban su torso perfecto, desnudo y tembloroso.
Desnudos también permanecían sus ojos color miel ante la impotencia de lo que acababa de hacer, esperando a que en cualquier momento Dolores o alguna de las chicas, descubrieran el cuerpo de Gael totalmente desangrado sobre la tarima de la habitación.

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