domingo, 7 de septiembre de 2014

2. GAEL


Llevaba meses tratando de hacerse invisible durante una tarde, pero ni su familia ni su empleo se lo habían permitido hasta hoy. Se había transformado en su único y triste anhelo desde que escuchó hablar de Dulce por tercera vez en los vestuarios del gimnasio que frecuentaba cinco días a la semana. Aunque le pareció desolador, pensó que necesitaba aquella tanto aquella visita al "Minies" que esa tarde nadie se lo iba a impedir. Se sorprendió a sí mismo de su propio ímpetu, de la decisión férrea e irrevocable que acababa de tomar a sabiendas de lo mucho que arriesgaba. Mirándose al espejo del aseo en su despacho, creyó intuir frente a él a un hombre que llevara entrando al famoso local durante toda su vida, pero pronto el miedo a ser descubierto por su mujer le devolvió a la realidad de que sería la primera vez que se metiera en la cama con otra.

Gael García, un empresario argentino de reconocido prestigio internacional, siempre se lamentaba con sus amigos más íntimos del poco tiempo que disponía para él. En más de una noche, tras aquellas reuniones interminables y ya con el aroma de un Bombay Saphire entrelazado con su nariz, les había reconocido lo mucho que le estaba costando acostumbrarse a su vida actual. También lo arrepentido que estaba de haber dado un giro tan radical a su futuro.

Añoraba aquellos años inolvidables a la fuerza, grabados en su torso depilado y sus brazos arañados con tintas de colores acuarelados, y que ilustraban sus recuerdos más íntimos antes de convertirse en el Director Ejecutivo de GCT, "Gael Construction Team", un emporio internacional en pleno auge dedicado al diseño y construcción de plantas industriales.

La visita al "Minies" era ya una obsesión. Suponía mucho más que un polvo furtivo; volver a la cama de una mujer con el simple objetivo de pasar un buen rato significaba revivir aquello que gritaban sus tatuajes bajo la formal camisa de cada día.

sábado, 6 de septiembre de 2014

I. LUCÍA


Lucía lloraba desconsolada mientras yacía sentada sobre el segundo escalón de los tres que precedían a la puerta con luces de neón del Minies. Sus rodillas afiladas y magulladas asomaban sobre la cabeza; dobladas, blancas y amoratadas ocultaban el gesto torcido mientras aspiraba ahora una calada más del último pitillo que asolaba el bolsillo de su minifalda vaquera. Tosió repetidas veces antes de escupir la cebada de su último cliente. Era el tercer cigarrillo desde que se sentó allí, bloqueada por el esperpento de hacía unos momentos.  «Esta mierda me va a matar… », lamentó. Aunque pronto todo dejó de tener importancia al advertir que probablemente perdería la vida mucho antes de que un cáncer de pulmón se la llevara por delante. Quizás aquella misma noche. 

Un escalofrío sofocante le recorrió el cuerpo cuando volvió a mirar con horror su mano derecha, en la que un corte limpio y profundo desvelaba parte del hueso; a través de los tendones descolgados se deslizaban gotas de sangre atropelladas que ya habían empapado el filtro del cigarro. Tuvo que apartar la vista para no vomitar los macarrones que había comido con desgana antes de empezar el turno de aquella tarde. Los mechones ondulados de su pelo rojizo alborotado que descansaban en el suelo se removieron tras la salida de dos clientes trajeados y que apenas repararon en las salpicaduras, ya coaguladas, que poblaban su torso perfecto, desnudo y tembloroso. 


Desnudos también permanecían sus ojos color miel ante la impotencia de lo que acababa de hacer, esperando a que en cualquier momento Dolores o alguna de las chicas, descubrieran el cuerpo de Gael totalmente desangrado sobre la tarima de la habitación.